El cazador es la bestia, un artículo sobre cine y filosofía.

Es difícil escribir sobre el cine y su relación con la filosofía. aquí intentaremos articular esos dos conceptos, incorporando ideas de distintos pensadores que, fuera del campo del cine, pueden aportar reflexiones para entender la película de cinedirigida por Turteltaub, que incursionó en el cine desde muy pequeño y dio con este extraordinario producto protagonizado por Anthony Hopkins.

Cuatro hombres armados con rifles tienen controlado a Ethan Powell, un antropólogo de la Universidad de Miami que lleva dos años perdido en el África. El gorila de espalda plateada se acerca a defenderlo y los cazadores le disparan indiscriminadamente dos balazos. Mientras el gorila agoniza, le alcanza el tiempo para mirar a Powell y dedicarle una tenue sonrisa. Powell, desde el piso, llora la muerte de la que había sido su familia. “Yo los llevé. Me rastrearon. Vinieron a quitarles la vida. Y lo lograron”, confiesa Powell a Theo Culder, el psiquiatra encargado de evaluar su estado mental.

¿Por qué los humanos se sienten habilitados para matar a los animales? ¿Es acaso el poder que emana de la posibilidad de empuñar armas? ¿O el argumento de que, como la muerte no significa nada para ellos, quitarles la vida es igual que no hacerlo puesto que no lo sienten? En “Instinto”, la película del cine hollywoodense dirigida por Jon Turteltaub, se desarrollan una serie de temas y situaciones que resultan interesantes a la hora de analizar la cuestión de la animalidad y la presuposición humana de que el hombre es superior al animal. Un ser viviente, igual que él, pero distinto a los ojos antropocéntricos del mundo.

Ethan Powell se dedica a fotografiar gorilas en su hábitat natural. Comienza a acercarse a un grupo de gorilas en una selva de África. Cautivado por su belleza y por su forma de organización, decide aproximarse cada vez más, hasta que descubre en los monos una mirada distinta, nerviosa. “Por un momento creí que mi presencia los ponía nerviosos. Pero no era yo. Era la cámara”. Para unirse a la vida animal, Powell abandona la cámara y duerme esa noche con los animales. En ese acto aparece un elemento que presupone algunos conceptos que van en contra de la tradición del pensamiento respecto de los animales, y que se puede mostrar muy bien, en este caso, a través del cine. ¿Puede decirse que no sienten? ¿Acaso esa mirada “atenta y cautelosa” no pone a prueba la aceptación o no del antropólogo en el grupo? Powell reconoce que el hecho de haber podido dormir con los gorilas constituye un milagro. ¿No son, acaso, tan seres vivos el hombre como el animal; tan parecidos; acaso no nacen, sienten y mueren?

Los hombres acuden a la cita de observar a otros seres vivos y regodearse sacándoles fotos, como si fueran directores de cine. Desde las jaulas de los zoológicos, los animales exhiben su docilidad y los adultos pueden mostrar a sus hijos “las ‘reproducciones’ de los originales que tienen en sus casas”. Está prohibido darles de comer, de eso se encargan los guardias. Está prohibido acercarse en exceso, es peligroso. Hay que contemplar, del mismo modo que se observan a los animales en las fotografías. Hasta es posible fotografiarlos. La analogía de Berger entre la galería del arte y el zoológico es ilustrativa, podría equipararse también a una película de cine. Los hombres, en vez de pararse delante de un cuadro, se paran para ver cómo el león ruge o cuida a sus hijos, para admirar el color raro de piel de alguna especie “exótica” (¿qué es una especie exótica?). El animal, cazado pero vivo, apresado y enjaulado, es un muestrario de esa “otra vida” que es la no-humana.

De todos modos, sonaría ridículo recordar que tanto los hombres como los animales pertenecen a la categoría de los seres vivos. Aunque Descartes se haya encargado de homologar al animal con una máquina, como algo sin alma ni razón. ¿En qué lugar debemos ponernos, entonces, para estudiar la cuestión de la animalidad? ¿En el de los críticos de Greenpeace, que cuestionan a las organizaciones que bregan por la vida y la libertad animales el hecho de oponerse a la caza “indiscriminada” (pero no a la caza)? ¿Hay que ubicarse en el lugar de los vegetarianos, que no pueden soportar que se mate a otros seres vivos para luego comerlos, ejerciendo “un acto de canibalismo similar a aquél de los campos de concentración”?

La aclaración de Singer es válida a la hora de proclamar un trato justo con el resto de los seres vivos: no tiene sentido tratar a dos grupos distintos del mismo modo. “Puesto que un perro no puede votar, no tiene sentido hablar de su derecho al voto”. Pero sí es posible ponerse en un plano que permita un retorno a la comprensión del carácter de “animal” que hay en el hombre y el trato que en consecuencia deberían recibir los animales, seres vivientes de la misma especie.

Ethan Powell eligió quedarse con los gorilas. Vivió con ellos, se comportó como ellos, se volvió uno de ellos. ¿Fue tal la transformación que sufrió? En definitiva, el cambio brusco que puede notarse en sus actos es la despreocupación por mojarse ante un diluvio. Así como Coetzee presenta el argumento de la no-vergüenza del animal por estar sucio como diferencia frente al hombre, Powell, en “Instinto”, al “volverse gorila”, se despoja de la norma humana que dice que ante la lluvia hay que cubrirse para no mojarse. Deja a un lado la hoja que había cortado para cubrirse la cabeza y se abandona a la lluvia torrencial.

La ciencia es la bestia

¿Por qué existen discusiones sobre la clonación? ¿Sobre qué bases Habermas, Le Breton, Sloterdijk, entre otros, elaboran sus pensamientos? El hecho fundamental ocurrió en 1997. La mirada de la oveja Dolly es la prueba de que el experimento funcionó. Es en ese momento donde surge la preocupación ante la clonación. A costa de otro ser viviente, el hombre fue capaz de demostrar que, por lo menos en los animales, la clonación es posible.Y, retomando la cita del principio, este trato dado a los animales, que son ubicados por los hombres en la categoría de “resto de los seres vivientes”, como si los hombres fueran otra clase de seres vivos, más desarrollados (como suele denominarse a los países pobres con la designación de “resto del mundo”), exhibe una forma de pensamiento, una dirección seguida en torno al animal que transforma a éste en la base de experimentos científicos. Obtenidos los resultados con animales, son homologados por el científico con la conducta humano. Así procedía Watson y su sucesor Skinner, y todos los seguidores del conductismo social.

¿Por qué, entonces, si el comportamiento de un perro o los actos de un mono sirven para explicar después la conducta humana, se juzga al animal como inferior al hombre? Es obvio que un animal no va a leer un libro ni brindar una conferencia, pero comparar dos órdenes totalmente diferentes es una tarea que sólo puede conducir a la injusticia de afirmar que el ser humano es superior porque dispone del lenguaje, la razón y el intelecto para desenvolverse en sociedad.

En este marco, es posible señalar que los experimentos con hombres sólo se realizan cuando éstos se encuentran en estado vegetativo. Pensando en la idea foucaultiana del Estado controlador, que brega por la salud de sus habitantes, Le Breton toma la discusión desde la internación, en el momento en que el sujeto ya es sólo un cuerpo vivo artificialmente y un individuo muerto realmente. El cuerpo, mantenido vivo, es una inagotable fuente de la ciencia como banco de prueba, inclusive como banco de sangre. Aunque sea una práctica ilegal, Le Berton admite que ocurre en muchos establecimientos. ¿Qué diferencia hay entre este trato y el dado a los animales? ¿No son ambos, el hombre muerto y el animal vivo, conejillos de indias? El poder que tiene el hombre sobre “el resto de los seres vivientes” es sideral. La anatomopolítica de Foucault también puede aparecer aplicada a los animales. Después de todo, la diferencia que puede haber entre un zoológico y una cárcel es que los animales no cometieron ningún crimen. Es interesante el argumento desplegado por Ethan Powell cuando afirma que el mundo, en sus orígenes, era más seguro, y que ahora había cambiado profundamente. “Lo que debemos abandonar es nuestra conciencia del dominio. Creemos que somos dioses, que somos los dueños del mundo. Olvidando eso, los animales recibirían el trato que se merecen”. Los pensamientos de Powell van de la mano con la Elizabeth Costello de Las vidas de los animales de J.M.Coetzee.

El antropocentrismo y la concepción humana de la superioridad sobre el resto de los seres vivos (suena repetitivo, pero hablar de “resto” de los seres vivos implica una discriminación), permiten que antes de estabilizar mecanismos científicos como el de la clonación se prueben en animales. Porque obviamente, vale mucho más la vida de un hombre que la vida de un perro. O de un gorila.

Lo que vendría a evitar la ciencia, muy efectiva por cierto en la actualidad, es la anormalidad. Si es posible clonar una oveja, es también factible aplicar el mismo proceso con otros animales, con tomates: la mentada “comida transgénica”. En el ámbito humano, como lo explica detalladamente Le Breton, el científico ahora tiene el poder de pelear contra la incertidumbre que actualmente parece insoportable para cualquier hombre. De esta forma, a partir de ciertos procedimientos, se puede establecer el sexo de un recién nacido y elegir “evitar” el nacimiento de un bebé con anomalías (enfermedad congénita, síndrome de down, etcétera). El “resto” de los seres vivientes, aquellos que no caen dentro de la categoría de “normales”, son despojados hasta de la vida, sin siquiera poder elegir. Igual que los animales, a los que nadie pregunta si quieren someterse a tal o cual experimento. Para testear la silla eléctrica por primera vez, el elegido fue... ¡un perro de la calle! Su nombre: Dash. El experimento, llevado a cabo en Nueva York el 30 de junio de 1888, fue una prueba de los voltios que debía suministrar la silla eléctrica para matar a un ser vivo: ni 300 (primer intento, el perro seguía vivo), ni 400 (segundo intento). 700 voltios la tercera vez, y la cuarta fue para liquidarlo . Un auténtico ejemplo del reinado del hombre sobre su propia especie, bien ilustrado por el cine.

La metamorfosis de Kafka puede servir también para explicar, en forma de parábola, el procedimiento de la discrimnación. ¿Qué trato recibe Gregor Samsa desde que su familia nota que su cuerpo ha mutado en un cuerpo animal, “en un monstruoso insecto”? El ghetto reservado a los otros, a los anormales, es administrado por los “normales”. No es tan lejano un caso ocurrido en la provincia de Santa Fe, donde una pareja dejó a su hijo en un tacho de basura en la calle por haber nacido con síndrome de down. La operación segregadora activa una alteridad que presupone el par superior-inferior. Animales, locos, enfermos y demás deben ser controlados. Pues lo superior siempre subyuga a lo inferior, también lo muestra muy bien el cine.

El capitalismo es la bestia

Treblinka y el zoológico de Londres; campos de concentración y jaulas con animales. Controles. Los judíos torturados, asesinados en la cámara de gas, obligados a trabajos forzados. Los animales docilizados, arrancados de su hábitat natural, “dominados”. En “Instinto”, Ethan Powell es llevado a un zoológico para que se sienta “en familia”. Allí ve gorilas enjaulados. Frente al psiquiatra, Powell abre una jaula, una vez que los guardias los han dejado solos. Theo Culder, preocupado, le espeta una advertencia. Powell afirma, con convicción, que “no van a intentar escaparse. Aunque sepan que algunos metros más adelante hay un cerco y luego, tras él, la libertad. Ya están resignados. Han perdido la esperanza. Les han enseñado eso”. Eso hacen los zoológicos: enseñan la indiferencia. Permiten, entonces, que el espectáculo se monte sin problemas. Los animales encerrados terminan siendo solamente sombras de ellos mismos. O “visiones falsas”, como dice Berger. Esos animales fueron obligados a vivir con alimentos administrados por los cuidadores, con horarios fijos, en horas estipuladas. Hasta de eso se apropia el hombre: del momento en que el animal debe comer. En los campos de concentración, el cuerpo del hombre era torturado. En los zoos, el de los animales es docilizado, amansado para garantizar la concurrencia segura de los visitantes y retroalimentar el negocio. “Los animales, convertidos en objetos, ya no nos observan”. Son cuadros. Fotogramas de una película de cine

Del mismo modo en que el Estado se preocupa por controlar los cuerpos de las personas que viven bajo su égida, se apropia de los de los animales, que enjaula a través de los zoológicos públicos, que apresa y pone a disposición de su población. La industria cultural, la industria del entretenimiento, también toma forma aquí. El amusement del cine y las fotosha logrado transformar a los animales en cosas, en objetos culturales. Cuando la biotecnología permita clonar perros no hará falta aparear macho y hembra para que los fanáticos de las mascotas tengan muchos cachorritos en sus casas.

¿Qué es un animal? ¿Qué es un hombre?

Charles Darwin publicó dos obras que marcaron un hito en la historia de la ciencia: El origen de las especies, en 1859 y El origen del hombre, en 1871. Su conclusión, ya conocida, marca que el hombre ha evolucionado del mono. El hombre es algo así como un “animal evolucionado” . ¿Qué es, entonces, un animal? ¿Un ser en estadío inferior? ¿Un organismo que no ha logrado ser hombre y por ello “quedó animal”? La doctrina del darwinismo, a pesar del siempre presente recelo religioso, fue tan aceptada que nunca se cuestionó la forma de describir a unos y otros seres vivos. Pero en sus caracterizaciones se pierde de vista que tanto uno como el otro pertenecen al mismo reino. Con la postura de Darwin en pleno apogeo, el antropocentrismo tuvo su lugar privilegiado y el carácter de superioridad arrogado por todos los seres humanos respecto de los animales (igual que se hacía respecto de los esclavos), permitió que los experimentos científicos fueran ganando espacio. La experiencia de Dash fue diecisiete años después de publicado El origen del hombre. La experiencia de Dolly, jamás siquiera soñada por Darwin, ocurrió tan sólo un siglo después.

Lo que parece inevitable es lograr que el hombre reconozca su estátus de animal. “Su silencio dice sí -afirma Theo Culder en Instinto, dirigiéndose a Powell, que se niega a hablar-, su silencio dice ‘soy un animal, salvaje y peligroso. Ya no soy humano. Pueden enjaularme’”. La visión antropocéntrica del mundo en su máxima expresión. Si no habla, es animal. Si habla, es humano. Y si es animal, debe ser apresado. ¿Acaso que haya un animal salvaje implica la necesidad y obligación estatal de conservarlo enjaulado? ¿Animal salvaje es sinónimo de animal peligroso para la humanidad? Por otra parte, suena difícil que exista una especie que sea “salvaje por naturaleza” o “asesina por naturaleza”. Ni humana ni animal. Powell expresa su experiencia: “No viví como un animal durante dos años. Viví como un hombre que vivía con animales, como hace 10.000 años”; “¿Antes de la civilización?”; “Antes de usted y los que son como usted, los conquistadores. Lo único que quieren es el control. Como si existiera verdaderamente el control. O la libertad. ¿Usted cree que es libre, yendo a trabajar siempre a la misma hora, al mismo lugar, con la misma vestimenta?”

La cuestión del trabajo aparece entremezclada con la animalidad. El animal en su hábitat natural es libre. El hombre, en su hábitat natural, que hoy parece ser su trabajo, su casa y alguna salida de ocio, queda penetrado por la espada capitalista. La descripción que Powell hace de la vida del psiquiatra resume la experiencia cotidiana de cualquier trabajador. Ocho horas o más, horario fijo, sueldo, “recreo para almorzar”. Y todo eso sin mencionar la cadena de montaje, creada por Ford para sus fábricas; técnica que se ha reproducido y que hoy es la base de cualquier trabajo industrial: más producción, menos tiempo, más velocidad, menos distracciones. cine como entretenimiento.

J.M. Coetzee pone en boca de Elizabeth Costello el problema de lo animal y lo humano. Los experimentos de Wolfgang Köhler y el simio protagonista del Informe para la academia de Kafka ponen en tela de juicio esa línea que parece estar tan obvia y patentemente marcada; ese límite que pretende ser bien delineado entre el hombre y el animal.

Toda reflexión sobre la naturaleza humana debería suponer la comprensión natural de “la dote de animalitas”. Lamentablemente, la filosofía y la ciencia se han empacado en descreer tal aseveración y afirmarse con fuerza en el supuesto ya desarrollado de la superioridad antropocéntrica. La máquina cartesiana resultó ser un gorila que acaricia y cobija a un hombre en medio de la selva. “El musulmán” de Giorgio Agamben resume crudamente el extremismo del postulado de superioridad (en este caso, quienes quedaban fuera de lo “normal” eran muchos más). La victoria de la clonación con la oveja Dolly hace sonar las alarmas y recrudecer la preocupación de los reyes del mundo, que no pueden dominar todo, ni el cine.

¿Es posible pensar que quizás, lo más justo, sería que los animales fueran los reyes del mundo? Al fin de cuentas, ellos ya existían cuando surgieron las primeras formas homínidas. Pero no. Es ilógico creer que una especie pueda ser eclipsada por otra. En todo caso, quien logre semejante cosa habrá acumulado méritos suficientes para ser considerado único. Por eso, el ser humano es superior. Y siendo superior puede cumplir su deseo, aunque sea imaginariamente: tener todo bajo control. Hasta que algún día la birome de Ethan Powell se clave en el cuello de Theo Culder, y éste se desangre, hasta el fin.